Alea iacta est“, la suerte está echada, es una expresión atribuida  a Julio César en el momento que cruzó el río Rubicón en el norte de Italia, límite entre Italia y la Galia Cisalpina, provincia que le había asignado el Senado romano. Hecho que parece haber tenido lugar el 12 de enero del año 49 A.C.


Más allá de las consecuencias que pudiera tener  este acontecimiento histórico cuyo juicio no se corresponde con el fin de estas líneas, me gusta mencionar esta frase como símbolo de la determinación de un líder en la búsqueda de un objetivo. Y es que, ante las posibilidades que se nos presentan en la vida es importante decidirse a avanzar. No justificar nuestra pasividad por la incertidumbre que pueda plantear el paso a dar. Vencer el miedo a lo desconocido.


Una vez vence la determinación y nos decidimos a avanzar, a actuar, descubriremos que las posibilidades se multiplican y que existen muchas maneras de superar los riesgos e incertidumbres de la “aventura” emprendida. Habituarse a “no cruzar el Rubicón” equivale a acomodarnos, a quedarnos encerrados, presos de nuestras “comodidades”, sin dar oportunidad a que muchas otras posibilidades se puedan hacer realidad. 

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Localización del río Rubicón en la península itálica


¿Que nos paraliza entonces? ¿Que nos impide actuar? 


Muchas veces el miedo pero muchas más la pereza o la comodidad.  ¿Dónde está ese espíritu aventurero que nos empujó a subir a tres frágiles carabelas para adentrarnos en un océano desconocido? ¿No dio lugar esa decisión a una de las más grandes aventuras en la historia de la humanidad? Parece evidente que la comodidad en la que vivimos es inversamente proporcional a nuestro interés por emprender nuevos caminos, nuevas aventuras. 


¿Qué puede sacarnos de ese cómodo letargo?


Soñar. Soñar un mundo mejor. Enamorarse de esa visión y perseguirla con pasión. Decidirnos a trabajar y superar cualquier dificultad para hacer esos sueños realidad.“Cruzar el Rubicón” quiere decir decidirse a dar un paso adelante en cualquier de las situaciones personales, familiares o profesionales a las que nos enfrentamos. Se trata de una decisión personal, independientemente de si empuja o no a otros a en la misma dirección.


Podemos encontrar otros muchos casos conocidos en los que brilla la determinación y la importancia de decidirse a actuar pero me quedo con otro hecho histórico no menos importante que el protagonizado por Julio Cesar en el momento de cruzar el Rubicón.


El protagonista en este caso fue el español Francisco Pizarro que inició la conquista del Perú en 1524 con ciento doce hombres y cuatro caballos en un solo navío. Sus socios Diego de Almagro y Hernando de Luque se quedaron en Panamá con la misión de contratar más gente y salir posteriormente con ayuda y víveres en pos de Pizarro. Durante esta época mantuvieron duros enfrentamientos con los indios de la costa sur de Panamá donde Pizarro recibió hasta siete lanzadas y Almagro perdió un ojo a causa de un flechazo.

Francisco Pizarro - Wikipedia, la enciclopedia libre
Francisco Pizarro González


En mayo de 1527, cuando habían transcurrido dos años y medio de viajes hacia el sur afrontando toda clase de inclemencias y calamidades, llegaron a la isla del Gallo exhaustos. El descontento entre los soldados era muy grande, llevaban varios años pasando calamidades sin conseguir ningún resultado. Pizarro intenta convencer a sus hombres para que sigan adelante, sin embargo la mayoría de sus huestes quieren desertar y regresar. Allí se produce la acción extrema de Pizarro, de trazar una raya en el suelo de la isla obligando a decidir a sus hombres entre seguir o no en la expedición descubridora. Tan solo cruzaron la línea trece hombres: los “Trece de la Fama”, o los “Trece caballeros de la isla del Gallo”.


Sobre la escena que se vivió en la Isla del Gallo, luego que Juan Tafur le trasmitiera la orden del gobernador Pedro de los Ríos, nos la relata el historiador José Antonio del Busto:

“El trujillano no se dejó ganar por la pasión y, desenvainando su espada, avanzó con ella desnuda hasta sus hombres. Se detuvo frente a ellos, los miró a todos y evitándose una arenga larga se limitó a decir, al tiempo que, según posteriores testimonios, trazaba con el arma una raya sobre la arena:— «Por este lado se va a Panamá, a ser pobres, por este otro al Perú, a ser ricos; escoja el que fuere buen castellano lo que más bien le estuviere».Un silencio de muerte rubricó las palabras del héroe, pero pasados los primeros instantes de la duda, se sintió crujir la arena húmeda bajo los borceguíes y las alpargatas de los valientes, que en número de trece, pasaron la raya. Pizarro, cuando los vio cruzar la línea, «no poco se alegró, dando gracias a Dios por ello, pues había sido servido de ponelles en corazón la quedada”.

Sus nombres han quedado en la Historia.

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